viernes, 24 de septiembre de 2010

GOLPE DE DERECHA.

Sara descubrió con horror que el bote había desaparecido. Aparentemente esto no significaba nada, pues los vendían por docenas en el centro comercial, era un bote barato, de fabricación mediocre, con acabados imperfectos y una gran desproporción del color, común cuando el plástico es reciclado y hay fallas en la remezcla, dando esa apariencia de juguete de imitación envuelto en celofán de los que abundaban en el tianguis navideño, pero para ella era de vida o muerte hallarlo.

A las seis de la tarde de ese viernes, abrió su cajón, encontró una pequeña nota escrita con letra familiar, “te veo en la casa” eran las únicas palabras en el pequeño cuadrado amarillo. Ligeramente molesta se estacionó al final de la calle vacía, y, al bajar, apretó con firmeza su bolso, para cerciorarse de que el abrecartas siguiera en su lugar, ahí estaba.

El sexo de esa noche fue mecánico, parecía que tras algunos meses de relación la pasión se había desgastado, y el momento del amor pasó de ser una hoguera instantánea a una aprendida rutina que le provocaba dolor, frustración e incluso asco, no es que fuera una mala persona, pero el trauma de soportar sobre su cuerpo a un hombre convertido en un guiñapo le provocaba repulsión. Sin duda la muerte de la vieja había causado estragos en su vida personal, Luis había llorado como un niño más de un mes, pesaba ahora veinte kilos menos, se la pasaba perdido en los vapores del whisky, con sólo la fuerza necesaria para servirse otra copa, pero increíblemente tenía un mayor número de erecciones por día.

Nadie la vio salir cerca de la media noche, al parecer todo estaba perfecto, tal y como lo había planeado, pero había olvidado un pequeño detalle: llevar el bote con ella. Dio vuelta en U en un lugar prohibido y se llevó varios claxonazos y el impacto de una lata de refresco en el parabrisas, pues empezaban las vacaciones y había una gran congregación de gente de clase baja que contrataba autobuses de turismo para salir del triste lugar a otros más contaminados. En menos de cinco minutos ya estaba de vuelta, aún tenía las manos llenas de sangre ajena que se limpió en el abrigo. Al entrar de nuevo a la casa no encontró por ninguna parte el maldito bote, que se había vuelto inconfundible por la cantidad de chicles que Luis pegaba en el exterior y por el trozo faltante a causa una patada accidental en una oscura noche de pasión hacía más de un año, su primera noche juntos.

Sara se quería volver loca, estaba segura que al bajar a la sala lo traía con ella, en la escalera alfombrada había sangre fresca que escurrió de los papeles con los que limpió las muñecas de Luis y fragmentos del florero que le había estrellado en la nuca, todo lo había colocado en el bote.

Era muy difícil que la descubrieran, pues para los policías de ese lugar, apenas con secundaria, una nota de despedida, un abrecartas en la mano izquierda y la otra destrozada, significaban un suicidio provocado por la reciente pérdida de su madre. Al subir las escaleras, Sara reflexionaba si había puesto el arma homicida en la mano correcta, Luis era zurdo y ella odiaba a la gente anormal, realmente no lo había amado y era terrible que comenzara a acariciarla con la mano equivocada. Cuando entró al cuarto para agotar sus lugares de búsqueda, sólo sintió un golpe que la hizo quedar inconsciente. El cuerpo había desaparecido.

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