lunes, 14 de marzo de 2011

48 horas de amor

Hoy me reconcilié con Dios y con su cielo, nomás porque me dio la gracia de nacer en esta tierra bendita, esta tierra que huele a gente paseando en el tianguis, a niños de cachetes partidos riéndose de la vida con los ojos llenos de esperanza y los bolsillos vacíos, mi tierra santa que se alimenta de pies descalzos que han avanzado un gran trecho buscándose el sustento, se alimenta de mi gente pobre, de la que prefiere vender lo que sea antes que apostar su honradez en los juegos del Diablo.

Amo mi tierra, pero más amo a mi gente que ya que no puede tapar el Sol con un dedo, se cubre de los rayos con una lona mugrosa para festejar su desgracia, se une para compartir su infelicidad. Adoro mi México, el de las grandes aspiraciones que igual que se da aires de nobleza con un buen vestido y zapatos de tacón, los avienta para bailar como chinelo, para burlarse de los ricos.

Me encanta mi gente de pueblo, de la que mete nueve almas en un espacio de siete, nada más por el gusto de irse a comer a la orilla de la carretera, quien con alegría comparte su salario miserable por ver la sonrisa de las criaturas en la feria de una polvorienta calle a kilómetros de su hogar. No hay sabor como el de intercambiar bacterias en una chupada de helado, en la boca de la botella. Me encanta embriagarme con cerveza y curármela con whisky, andar descalza y después traer botas de mil pesos, escuchar a los clásicos y después quebrarme la cintura de tanto bailar guarachas.

Además de mis cinco sentidos intactos, se me proveyó de los ojos sabios de mi madre y también de sus sabias palabras, se me puso en el mejor lugar del mundo, con familia trabajadora, luchona, de las que se unen en las buenas, pero más en las malas, que los mismo organiza una fiesta que un velorio, de las que ponen y nunca quitan, gente de sonrisa fácil que se abraza en Navidad y llora de felicidad, que se conduele de la desgracia ajena y festeja los triunfos, mi gente, que sabe serlo.

Nunca había agradecido tanto como hoy, porque soy una ingrata, pero me cayó el veinte,de que como mi hermosa tierra no hay dos y que sí, los que queremos salir adelante somos más que los que nos echan el ancla, porque Dios nos dio magia y no sólo veintiún gramos de alma, nos echó tres tacos de lengua, un plato de tripa y harto, pero harto corazón.

sábado, 5 de marzo de 2011

La piedra.

Me tropecé contigo un día y me contagié de tí, tu carisma me llenó la vida y tu sonrisa hizo que mi corazón diera volteretas cada vez que te veía. Fuiste una piedra que comenzó a crecer, que sin pensarlo se metió a mi zapato y ampolló cada centímetro de mi pie, empecé a perder la habilidad de caminar, tu actuar me postró en una silla de ruedas mental y fui presa de un amor de humo que apenas pasó el viento del sur, se dispersó, se perdió. La llamarada de la que salió el humo no existió, era leña verde que nunca estuvo prendida y como dice la canción, nomás me sirvió para hacerme llorar...ya que fue mi culpa no voy a discutírtelo, fui una tonta que anhelando vivir el amor se tupió la cabeza de señales inexistentes y escuchó te quieros donde había un "me he acostumbrado a tí" pero como a todo se acostumbra uno...pues ahora me acostumbraré a no verte, adiós mi vida, porque ya me molestó la piedra, la tierra ya me lastimó los ojos y me mudo a la ciudad, porque este pueblo ya no me agrada...ahora voy a aprender a saltar las piedras, a patearlas y me pondré una buena vacuna que me haga inmune ante tus encantos...total, ni que estuvieras muy bueno...