domingo, 5 de junio de 2011

¡Me niego a crecer!

Casi no recuerdo mi infancia y eso me preocupa, se dice que los niños empiezan a recordar a los tres años, cuando el cerebro madura y tiene la capacidad de retener memorias de largo plazo, pero yo simplemente no puedo.

Mis primeros recuerdos son del jardín de niños, al que por una inexplicable razón llegué hasta los cinco años, y donde sólo me enseñaron a leer a escribir y a pegostiarme las manos haciendo paisajes de gelatina. Era retraída, silenciosa y me pasaba la vida adentro del clóset del salón, desde ahí vi por primera vez un pene, Olaf se llamaba el dueño, quien se bajaba los pantalones cuando la maestra Luz salía del salón y ondeaba su arma subido en una mesa de trabajo forrada con mascota rosa y hule cristal. En ese lugar experimenté la angustia por primera vez cuando me anduve paseando en fondo porque mi espantoso uniforme se llenó de tinta. También sentí por primera vez el verdadero enojo cuando Cristina me enfureció tanto que la puse como Santo Cristo.

Viví mi primer amor: Octavio, un simpático niño que era tanto educado como guapo. Protagonicé un escándalo infernal en plena graduación y tengo la evidencia en una foto donde aparezco desgreñada por andar cobrando pendientes. Tengo esa y decenas más de fotos, pero no me reconozco ni me acuerdo de lo que pasaba.

De las únicas cosas decentes que han pasado en mi vida recuerdo la primaria...¡Ay aquéllos tiempos! rodeada de nerds, que ahora son mis mejores amigas, solíamos gastar nuestro valioso tiempo libre en pura tontería que no dejó mas que bellos recuerdos y muy mala fama. No hace falta enumerar anécdotas, lo que sí hace falta es expresar cuánta falta me hace volver a vivirlo.

La secundaria fue intensa en todos los sentidos, lloré, reí, sentí cada momento y lo guardo como un hermoso recuerdo. Todo eso se fue y llegó una de las más negras etapas de mi vida: la preparatoria, que me enseñó lo mejor y lo peor de la amistad. Lo superé, me hice fuerte, pero no dejé de ser esa niña que quería regresar al mundo seguro de los paisajes de gelatina.

Llegué a la Universidad y mi vida cayó por la borda...bueno no todo fue malo, me puse las pedas del siglo y descubrí lo que haré toda mi vida, de lo que voy a comer...espero...porque al mismo tiempo que entraba al mundo de las letras,me fui perdiendo en las telarañas de los sentimientos, nunca me sentí tan confusa y tan poco sentimental, se había ido mi don de amistad, nunca volví a ser aquella niña que paseaba ratas muerta para molestar, me hice una sombra rara de la pequeña que tomaba agua de un tambo lleno de basura, me volví superficial, criticona, hipócrita, calculadora. Me hice adulto y eso me asustó, porque quiero regresar al tiempo que el mundo era mío, mi universo seguro donde fui la reina y señora, la primera opción para todo...quiero un mundo que no esté lleno de envidia y competencia laboral. Me gustaría compartir mi lunch de nuevo y tener uno de esos novios que no te hablaba en el recreo. nunca estuve lista para crecer, me niego a hacerlo.

Mis memorias son borrosas y amargas, no recuerdo ni cómo ni cuándo empecé a vivir de verdad, ni si alguna vez lo hice. Veo a los adolescentes sentir al máximo y no puedo concebir que eso ya se fue, aún me aferro a mi pubertad. Ya nada me duele, ni me importa, me veo y sólo noto tristeza, se ha ido la intensidad y mi mente y cuerpo me lo reclaman.

No quiero crecer, esclavizarme a vivir mis veintes, voy a ser una niña otra vez y me vale lo que el mundo piense.

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