miércoles, 10 de julio de 2013

La vida es circo.

Empezaré pidiendo una disculpa a los defensores de los derechos animales porque voy a enaltecer la labor del circo común y corriente. También estoy en contra de "domar" fieras y maltratar lo que la naturaleza nos dio, pero, hoy día, ése no es el tema.

Cuando escuché la temidas palabras "vamos al circo" mi primera reaación fue de rechazo total y apliqué mi ya conocida burla para suavizar los miedos diciendo: "si me quieren conocer que vengan a mi casa" (remate de platillo) porque el circo me trae agrios recuerdos de la infancia, época en la que mi padre me llevaba a éstos eventos, pero llegué con la mente abierta y dispuesta al asombro.

Con las primeras suertes de malabaristas surgieron las dudas ¿de dónde coño salen? ¿gimnastas fracasados? ¿hacen casting? ¿cómo saben que tienen x o y habilidad? ¿a qué hora ensayan? ¿y si se caen? Y así con el alma en un hilo ves pasar los actos hasta que caes en algunos veintes: el circo estaba lleno de niños, sí, esos fenómenos que ahora se la pasan en las tablets y videojuegos estaban en una sana y familiar diversión y ¿qué creen? igualitos de emocionados, ilusionados y sorprendidos que yo cuando tenía su edad. Lo que lleva a pensar: ¿en serio la sociedad ha cambiado, está tan podrida? porque los niños son iguales que hace 50 años, son niños carajo, y van a ser lo que los adultos les enseñemos.

Mientras los artistas hacían todo en la pista yo pensaba, pensaba en la bella pero cruel vida del espectáculo, porque es sufirmiento, es esfuerzo, es sacrificio de la estabilidad, andar acá y allá y vivir en un remolque, no tener privacidad y arriesgar la vida misma, pero entonces escuchas los sonidos del aplauso, las risas de los niños, de los adultos y todo tiene sentido de nuevo. Añoré mis épocas de teatro y me dije: "porqué no", me inspiré para regresar a perseguir esos anhelos.

Cuando la función estaba a punto de terminar vino el acto que me dio el impulso para escribir ésto, una familia de equilibristas sale a escena, desde el padre bien entrado en los 40, hasta una pequeña de no más de 4 años que sube a 5 ó 6 metros de altura por un tubo recargado en el pecho del padre y mientras vives la tensión empiezas a pensar en la paternidad responsable o irresponsable ¿es cruel obligarla a la vida del circo o es labrar una carrera? ¿son esos artistas pésimos padres por hacer eso con ellas? ¿qué mentalidad tiene el artista de circo? Pero al contener la respiración y rezar porque no se caiga, reflexionas la importancia de algo que esta sociedad egoísta está olvidando: trabajo en equipo, dar la vida por el otro hacer bien tu chamba para que salga todo como debe salir.

Quizá sea por la ahora baja asistencia a los circos y el recortar gastos, pero el personal artístico y técnico le juega a ser todólogo, porque en un instante me recibía un bien formado hombrecillo el boleto y media hora después se jugaba el pellejo en la cuerda floja; los equilibristas venden papas y refrescos, los domadores son payasos y venden narices luminosas. Con todo ocurriendo al mismo tiempo me pregunté si deberíamos adoptar la filosofía circense de ayuda mutua, de humildad, de trabajo en equipo, porque aquellos tiempos de las divas trapecistas están quedando atrás en el circo común.

Nos hace falta darnos cuenta que la vida es un circo, que se trata de reír, que lo que importa es el aplauso, la vida es un acto, es poner el todo por el todo, apostar la vida misma por una sonrisa y darse cuenta que, en este mundo caótico todavía puedes meterte 2 horas bajo una carpa y olvidar la desgracia que hay afuera, ojalá haya circo para rato.


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