sábado, 18 de abril de 2015

Porno dejar de dar las gracias.

He visto y a veces aún veo pornografía. Supérenlo.

No soy una pecadora ni una pervertida, soy una mujer curiosa que busca expandir su mente y abrirla a otras opciones, nada más por no dejar pasar la oportunidad. Además soy una mujer en plenitud de mi sexualidad, denme chance. Y con el porno he aprendido mucho y en todos los sentidos posibles.
Lección uno: todas las personas, de todos los tamaños, colores y sabores, tienen actividad sexual porque es humanamente posible, necesario y saludable hacerlo, así que ni pongas cara de asco al imaginar cómo le hará tu vecina la fea, tu compañero el gordo o ese chofer de camión que no huele precisamente a Fabuloso de lavanda, porque seguro que te lo has imaginado, pinche pervertido.

Lección dos: Acudir a la pornografía es un excelente recurso para aprender algunos trucos que, si le preguntaras a tus amigas, podrían incomodarse. Hay un buen surtido de felaciones hechas con técnica maestra, de las que puedes servirte para mejorar la tuya. Además hay posiciones que ni te habías imaginado y fantasías que quizá quieras cumplir, pero que te apena decirle a tu pareja. Nada como un:"Mira este video amor".

Lección tres: Los videos amateur son una excelente herramienta para aprender a amar tu cuerpo, al menos a mi me han enseñado que no se requiere tener una vulva depilada a lo brasileño y rosita o unas tetas firmes y que tu pareja tenga un mega pene para disfrutar. Claro, hay videos muy clásicos con estrellas de la industria que son las que mojan las sábanas de muchos, pero debemos admitir que nada como el morbo de ver a una persona común y corriente darle duro contra el muro.

Lección cuatro: No hay nada como el intercambio sexual cara a cara. En estos tiempos que Whatsapp está más caliente que el sol, hay quienes nos rebelamos a eso porque constatamos que la máquina jamás superará al hombre, que el calor humano jamás superará al dildo más caro o la muñeca más realista.

La trampa del porno, porque nada podría ser tan bueno para ser verdad, es que el exceso de uso puede llevar a la distorsión de tu propia sexualidad, a pensar que todo en la vida es un beso y arrancar con el famoso mete-saca; pero como todo en esta vida, con moderación y para los fines que fue planeado, es útil y agradable.

Así que a darle al porno de manera responsable y a cuidar que nuestras aventuras cachondas no anden en la red.







viernes, 10 de abril de 2015

¡Chingas a tu madre, pinche México!

Periférico Oriente, colonia desconocida. Veo las puertas abrir y siento esa descarga de adrenalina que pega en el esternón y recorre todo el cuerpo, mi madre y la vida me enseñaron que se llama intuición.

Cuatro sujetos se suben rápido y sin depositar sus democráticos dos pesos en la alcancía, eso quiere decir problemas, aunque mi nula experiencia hace pasar el momento más en estado de shock que de susto. Comienzan a gritar lo que ahora catalogo de estupideces, hablan de que jugaremos a la pirinola y de que todos ponen.

Detrás de sus inocentes palabras se esconde un tímidamente violento:"Esto en un puto asalto" sin que tengan que decirlo. Todo se me vuelve borroso y entre la confusión veo ciudadanos, ya no asustados, sino encabronados, con cara de "¿otra vez esta semana?".

Manos hábiles esconden carteras, cadenas, celulares, lo que traigan de valor y yo, fiel a mi filosofía, extiendo la mano con lo único de valor comercial que tenía en ese momento: mi celular. Mi mente se adelanta dos pasos al escuchar, palabras más, palabras menos, que no escondamos las cosas porque nos van a "bolsear".

Empiezo a imaginar la "bolseada" y me hierve la sangre, me dan escalofríos poner en riesgo mi integridad por los 4 mil pesos que vale el artefacto que le entrego al tipo de sudadera azul. En mi mente lo maté, a él y sus cómplices, en mi mente fui la heroína del cuento.

Se bajan, han terminado de "trabajar" y yo reacciono al escuchar un :"¿estás bien?" y no, no estoy bien, pero digo que sí y me paso un trago de saliva que se había quedado detenido los segundos que duró el asalto.

No me sorprende lo que pasó, no me sorprende ser parte de una estadística; me sorprende la reacción de los pasajeros que cuestionan mi decisión de "entregar" mis cosas, soy el centro de atención por un minuto y no cuestiono lo que hice.

Soy novata, quizá por suerte, quizá por precavida, quizá porque Dios siempre me ha querido mucho y no desea que viva con miedo, pero los pasajeros ya tenían cara de graduados y eso es lo que realmente asusta.

Ya en el Metro viene la reflexión de la inseguridad no es cosa de no tener trabajo o dinero, sino de ser un descarado patán que no tiene los tamaños para ser honrado y trabajar como hombre de bien y ¿sabes por qué?, porque en su familia no hubo guía, no hubo valores.

Sentí lástima, la peor emoción de mi catálogo. Lástima de de ver cómo luchar contra la corriente, cansa. Lástima de ver cómo se vulnera el derecho ajeno por lo material. Pero a pesar de eso, me di valor para gritar dentro de mí que somos amos y esclavos de nuestra sociedad, que México somos todos y hoy regalo un bonito ¡chingas a tu madre, pinche México! Porque tú solito te pones el pie, porque tu egoísmo te hace sirviente y porque eres lobo de tu hermano.

Siempre dejo mensajes para ustedes, mis buenos lectores, pero este mensaje va para los ladrones: Señores, la vida gira, los papeles cambian y también te puede tocar. Ojalá que te hagan cagarte de miedo, por mi parte ¡chingas a tu madre, junto con toda tu parentela!.





domingo, 5 de abril de 2015

El Otro Iztapalapa

Como buena pecadora, caí en la tentación de ir a ver la Pasión de Iztapalapa y tengo una contundente conclusión: nunca más me vuelvo a parar ahí, al menos en los eventos que la televisión tanto ensalza.

Mi Viacrucis personal comenzó desde la llegada, todas las calles cerradas y el transporte público atascado entre las calles alternas, luchando para llevar a la gente a su destino. La esperanza no crece cuando un taxista corpulento me dice que hay calles que cierran una semana antes y 10 minutos después cobra 50 pesos por la llevada.

Son las 4:49 y lo único que me alegra el momento es ver un rostro conocido en las taquillas del Metro Cerro de la Estrella, un abrazo y dos besos después, todo el mal humor se ha ido. Salimos del Metro, abriéndonos paso entre pobladores disfrazados de nazarenos y romanos. La ola de calor se hace inmensa cuando surge de la Calzada un mar de gente que huele a paseada y se ve quemada por el sol.

Según todo indica, el acto principal ha terminado y las calles son un tianguis bien surtido: sincronizadas, tamales, papas, chicharrones, elotes, algodones de azúcar. Vendedores de todo aturden con sus gritos y chiflidos para llamar la atención de futuros clientes. Mi mente queda en shock porque según tengo entendido, el Viernes Santo es un día de luto, de recogimiento espiritual y aquí sólo se ve gente haciendo su agosto a pesar de que una lona que abarca de poste a poste reza: "Estrictamente prohibido el comercio ambulante en esta zona".
Entrar a las calles donde un par de horas antes se vivió la Pasión es otro boleto y una nueva decepción: heces de caballo, más ambulantaje y grupos de personas bebiendo en las puertas de sus casas, en las esquinas. Algunos conservan su vestimenta de nazareno roída y descolorida por el tiempo, levantan su vaso desechable de cerveza como premiándose por haber hecho un gran papel en la tradición de 172 años que puso a Iztapalapa en el ojo del mundo.

El dispositivo de seguridad es digno del Estado Mayor, hay vallas y elementos policíacos que descansan su equipo en las bardas hasta que se empieza a correr el rumor de que ya vienen. "¿Quién viene"—se me ocurre preguntar— sin responderme directamente, gritan: "los actores". Al parecer no se ha acabado del todo el asunto de la representación, aunque los litros de cerveza y el ligero olor a mariguana en las calles haga pensar que se trata de un jolgorio.

Nuestros pasos nos llevan de prisa hasta la Plaza Cuitláhuac, en donde todavía hay al menos un millar de almas —con micheladas, elotes, dorilocos o refresco en mano— esperando algo. No sabemos qué es, pero nos quedamos por morbo. De la esquina norte de la Plaza surge una mancha de "actores" custodiada por un gran círculo azul marino. Bromeo diciendo que quizá viene Daniel Craig y por eso los cuidan tanto. Quién sabe.

Se trata de los actores principales que ya llevan a "Jesús" al sepulcro. La indignación, la decepción crece cuando los "actores" empiezan a rolar los micrófonos para decir sus mal ensayadas líneas. No he visto peor actuación y representación menos solemne, o quizá, en el grupo de teatro de mi secundaria. Se ve el poco ensayo, se ve que quienes fueron requeridos no entienden lo que hace un micrófono y gritan, demeritando el trabajo ajeno.

Huimos de ahí y nos metemos en un restaurante de mariscos que no estaba preparado para la llegada de tanta gente, se acabó el agua de horchata y las empanadas de 15 pesos. Comemos tostadas, coctel de camarón y tomamos refresco. La hora de la comida es el pretexto para comentar lo que acabábamos de vivir y llegar a la conclusión de que:"No estuvo buena, porque no llovió". Así dicta la tradición.

Caminamos de regreso a la Calzada y tras un sorprendente:"Vamos a la feria", me quedó pensando y no puedo evitar externar un:"¿Feria en Viernes Santo?, ¿qué pedo con esta gente?". Me guardo lo demás que pensé, pero ya con media calle recorrida llego a una idea: Es Viernes Santo, la Iglesia pide luto y reflexión, pero esta pobre gente que no tuvo para irse a la playa—en ellas él y yo—tiene que tragar, tiene que vivir de algo, o de alguien, sea Viernes Santo o sea el maldito día que sea. Punto para mi, menos uno a la Iglesia que no  ha entendido que la gente con hambre no puede pensar, menos guardar luto y hacer reflexión.

Damos doble vuelta en la feria que ensordece con música electrónica a los que titubean en subirse o no a los Remolinos, que es donde hay más ambiente pues los chalanes se han quitado la playera y se montan en los aparatos para darle vueltas a los pasajeros. La gente grita, echa desmadre y se ríe, come, pregunta sin comprar y juega en las Canicas.

Todo este asunto me cansa la mente, voy haciendo estampas mentales para mi narración y me quedo callada. Me pregunta si me pasa algo, pero no sabe que soy más peligrosa cuando callo, porque algo estoy maquinando. Nos sentamos en el respiradero del Metro a comernos un hot cake o "hotqueis" como dice en una cartulina verde fosforescente. Me llama la atención un hombre de rasgos indígenas y ropa que tuvo mejores años, que come con ansias chopeando una tortilla en un caldo sin forma, vertido en una de las piezas de barro que vende. De repente le da un trago a un vaso de Coca Cola y vuelve a chopear.

Me saca de mis cavilaciones una idea sobre el hombre, me dice que qué lástima que en México los artesanos le sufran tanto, que tengan que vender sus cosas incluso más baratas de lo que les cuesta hacerlas porque la gente demerita su trabajo y "pide precio". La idea se confirma cuando se acercan tres mujeres y levantan una cazuela que quieren comprar a un precio ridículo, argumentando que "estaban más baratas en el otro puesto". La venta no se concreta y el hombre se sienta a chopear y beber Coca Cola.

Ya casi es hora de irme porque el Viacrucis Iztapalapa-Chalco va a estar bueno. Tomamos dirección a Rojo Gómez y nos desviamos en la puerta de una iglesia. "Aquí está el Señor de la Cuevita, al que le prometieron hacer la Pasión cada año si salvaba al pueblo de la epidemia de cólera" —me dice con aire académico— "Nunca he entrado, pero vamos". Entramos y vemos la continuación del tianguis, no puedo evitar el antojo de una tlayuda, pero me dejo llevar con la manos vacías.

Nos sentamos en la iglesia, nos persignamos, nos sentamos y comenzamos a escuchar que va a comenzar la Procesión del Silencio, que representa acompañar a la Virgen María en su dolor por la reciente pérdida de su hijo Jesucristo. Con una mirada y breve intercambio de palabras, decidimos ir. A ver qué pasa.

Adentro de la iglesia el humor es otro, el aire cambia y se inunda de humo de copal. Se ve a la gente respetuosa, reflexiva y a los niños encantados de participar. Cierran sus ojos y juntan sus manos para rezar y acompañar a la Virgen. Salimos detrás de ellos, deseando haber comprado una vela o veladora para hacernos presentes.

Llegamos a la salida y el contraste es devastador: avanza en hombros la Virgen y la acompañamos en silencio, pero el ruido de afuera nos rebasa, así es imposible concentrarse. No puede ser que se requiera silencio y paz y obtengamos a cambio los pregones de quienes llenan la cubeta de aritos para que ganes un peluche.

El ruidero nos persigue algunas cuadras, pero al paso de la Virgen la gente procura guardar silencio. No falta la vendedora de elotes que, viendo que pasa la imagen, grita con descaro el precio de su mercancía, pero se agacha ante las miradas escrutadoras.

Por fin se termina el ruido, superamos las cuadras de la improvisada feria y ahora sólo vemos gente de barrio que se une a la Procesión, que desde sus casas se alegra por el paso de la Virgen. Ese es el Iztapalapa a rescatar, pero los periodistas se concentran en lo de siempre. Estos niños que acompañan a la imagen son los que pueden salvar la reputación de su colonia, de su delegación y no quienes pelean por un papel y cuando "cumplen" se ponen a beber en las calles.

Serán 172 años de tradición, será uno de los eventos más concurridos, pero no por eso tiene que gustarme. Es una burla, está mal hecho, no tiene seriedad y no se hace con el corazón, por eso me quedo con el otro Iztapalapa, el del Señor de la Cuevita, que es a quien prometieron y a quien menos hacen caso en Viernes Santo.