domingo, 5 de abril de 2015

El Otro Iztapalapa

Como buena pecadora, caí en la tentación de ir a ver la Pasión de Iztapalapa y tengo una contundente conclusión: nunca más me vuelvo a parar ahí, al menos en los eventos que la televisión tanto ensalza.

Mi Viacrucis personal comenzó desde la llegada, todas las calles cerradas y el transporte público atascado entre las calles alternas, luchando para llevar a la gente a su destino. La esperanza no crece cuando un taxista corpulento me dice que hay calles que cierran una semana antes y 10 minutos después cobra 50 pesos por la llevada.

Son las 4:49 y lo único que me alegra el momento es ver un rostro conocido en las taquillas del Metro Cerro de la Estrella, un abrazo y dos besos después, todo el mal humor se ha ido. Salimos del Metro, abriéndonos paso entre pobladores disfrazados de nazarenos y romanos. La ola de calor se hace inmensa cuando surge de la Calzada un mar de gente que huele a paseada y se ve quemada por el sol.

Según todo indica, el acto principal ha terminado y las calles son un tianguis bien surtido: sincronizadas, tamales, papas, chicharrones, elotes, algodones de azúcar. Vendedores de todo aturden con sus gritos y chiflidos para llamar la atención de futuros clientes. Mi mente queda en shock porque según tengo entendido, el Viernes Santo es un día de luto, de recogimiento espiritual y aquí sólo se ve gente haciendo su agosto a pesar de que una lona que abarca de poste a poste reza: "Estrictamente prohibido el comercio ambulante en esta zona".
Entrar a las calles donde un par de horas antes se vivió la Pasión es otro boleto y una nueva decepción: heces de caballo, más ambulantaje y grupos de personas bebiendo en las puertas de sus casas, en las esquinas. Algunos conservan su vestimenta de nazareno roída y descolorida por el tiempo, levantan su vaso desechable de cerveza como premiándose por haber hecho un gran papel en la tradición de 172 años que puso a Iztapalapa en el ojo del mundo.

El dispositivo de seguridad es digno del Estado Mayor, hay vallas y elementos policíacos que descansan su equipo en las bardas hasta que se empieza a correr el rumor de que ya vienen. "¿Quién viene"—se me ocurre preguntar— sin responderme directamente, gritan: "los actores". Al parecer no se ha acabado del todo el asunto de la representación, aunque los litros de cerveza y el ligero olor a mariguana en las calles haga pensar que se trata de un jolgorio.

Nuestros pasos nos llevan de prisa hasta la Plaza Cuitláhuac, en donde todavía hay al menos un millar de almas —con micheladas, elotes, dorilocos o refresco en mano— esperando algo. No sabemos qué es, pero nos quedamos por morbo. De la esquina norte de la Plaza surge una mancha de "actores" custodiada por un gran círculo azul marino. Bromeo diciendo que quizá viene Daniel Craig y por eso los cuidan tanto. Quién sabe.

Se trata de los actores principales que ya llevan a "Jesús" al sepulcro. La indignación, la decepción crece cuando los "actores" empiezan a rolar los micrófonos para decir sus mal ensayadas líneas. No he visto peor actuación y representación menos solemne, o quizá, en el grupo de teatro de mi secundaria. Se ve el poco ensayo, se ve que quienes fueron requeridos no entienden lo que hace un micrófono y gritan, demeritando el trabajo ajeno.

Huimos de ahí y nos metemos en un restaurante de mariscos que no estaba preparado para la llegada de tanta gente, se acabó el agua de horchata y las empanadas de 15 pesos. Comemos tostadas, coctel de camarón y tomamos refresco. La hora de la comida es el pretexto para comentar lo que acabábamos de vivir y llegar a la conclusión de que:"No estuvo buena, porque no llovió". Así dicta la tradición.

Caminamos de regreso a la Calzada y tras un sorprendente:"Vamos a la feria", me quedó pensando y no puedo evitar externar un:"¿Feria en Viernes Santo?, ¿qué pedo con esta gente?". Me guardo lo demás que pensé, pero ya con media calle recorrida llego a una idea: Es Viernes Santo, la Iglesia pide luto y reflexión, pero esta pobre gente que no tuvo para irse a la playa—en ellas él y yo—tiene que tragar, tiene que vivir de algo, o de alguien, sea Viernes Santo o sea el maldito día que sea. Punto para mi, menos uno a la Iglesia que no  ha entendido que la gente con hambre no puede pensar, menos guardar luto y hacer reflexión.

Damos doble vuelta en la feria que ensordece con música electrónica a los que titubean en subirse o no a los Remolinos, que es donde hay más ambiente pues los chalanes se han quitado la playera y se montan en los aparatos para darle vueltas a los pasajeros. La gente grita, echa desmadre y se ríe, come, pregunta sin comprar y juega en las Canicas.

Todo este asunto me cansa la mente, voy haciendo estampas mentales para mi narración y me quedo callada. Me pregunta si me pasa algo, pero no sabe que soy más peligrosa cuando callo, porque algo estoy maquinando. Nos sentamos en el respiradero del Metro a comernos un hot cake o "hotqueis" como dice en una cartulina verde fosforescente. Me llama la atención un hombre de rasgos indígenas y ropa que tuvo mejores años, que come con ansias chopeando una tortilla en un caldo sin forma, vertido en una de las piezas de barro que vende. De repente le da un trago a un vaso de Coca Cola y vuelve a chopear.

Me saca de mis cavilaciones una idea sobre el hombre, me dice que qué lástima que en México los artesanos le sufran tanto, que tengan que vender sus cosas incluso más baratas de lo que les cuesta hacerlas porque la gente demerita su trabajo y "pide precio". La idea se confirma cuando se acercan tres mujeres y levantan una cazuela que quieren comprar a un precio ridículo, argumentando que "estaban más baratas en el otro puesto". La venta no se concreta y el hombre se sienta a chopear y beber Coca Cola.

Ya casi es hora de irme porque el Viacrucis Iztapalapa-Chalco va a estar bueno. Tomamos dirección a Rojo Gómez y nos desviamos en la puerta de una iglesia. "Aquí está el Señor de la Cuevita, al que le prometieron hacer la Pasión cada año si salvaba al pueblo de la epidemia de cólera" —me dice con aire académico— "Nunca he entrado, pero vamos". Entramos y vemos la continuación del tianguis, no puedo evitar el antojo de una tlayuda, pero me dejo llevar con la manos vacías.

Nos sentamos en la iglesia, nos persignamos, nos sentamos y comenzamos a escuchar que va a comenzar la Procesión del Silencio, que representa acompañar a la Virgen María en su dolor por la reciente pérdida de su hijo Jesucristo. Con una mirada y breve intercambio de palabras, decidimos ir. A ver qué pasa.

Adentro de la iglesia el humor es otro, el aire cambia y se inunda de humo de copal. Se ve a la gente respetuosa, reflexiva y a los niños encantados de participar. Cierran sus ojos y juntan sus manos para rezar y acompañar a la Virgen. Salimos detrás de ellos, deseando haber comprado una vela o veladora para hacernos presentes.

Llegamos a la salida y el contraste es devastador: avanza en hombros la Virgen y la acompañamos en silencio, pero el ruido de afuera nos rebasa, así es imposible concentrarse. No puede ser que se requiera silencio y paz y obtengamos a cambio los pregones de quienes llenan la cubeta de aritos para que ganes un peluche.

El ruidero nos persigue algunas cuadras, pero al paso de la Virgen la gente procura guardar silencio. No falta la vendedora de elotes que, viendo que pasa la imagen, grita con descaro el precio de su mercancía, pero se agacha ante las miradas escrutadoras.

Por fin se termina el ruido, superamos las cuadras de la improvisada feria y ahora sólo vemos gente de barrio que se une a la Procesión, que desde sus casas se alegra por el paso de la Virgen. Ese es el Iztapalapa a rescatar, pero los periodistas se concentran en lo de siempre. Estos niños que acompañan a la imagen son los que pueden salvar la reputación de su colonia, de su delegación y no quienes pelean por un papel y cuando "cumplen" se ponen a beber en las calles.

Serán 172 años de tradición, será uno de los eventos más concurridos, pero no por eso tiene que gustarme. Es una burla, está mal hecho, no tiene seriedad y no se hace con el corazón, por eso me quedo con el otro Iztapalapa, el del Señor de la Cuevita, que es a quien prometieron y a quien menos hacen caso en Viernes Santo.




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